Me cubrí los ojos,
y sin ver, me vi.
Entre sombras surgió
aquel niño que fui.
Corría sin peso,
jugaba sin fin,
el tiempo era un soplo,
el mundo era mi jardín.
Vi rostros queridos,
amigos de antaño,
y lágrimas dulces
mojaron mi paño.
Añoré sus risas,
sus voces, su andar,
pero agradecí el regalo
de haberlos podido abrazar.
Mi cuerpo, cansado,
susurró en el viento:
“Detente un momento,
hazle caso al tiempo.”
Me tumbé en el suelo,
sin prisa, sin meta,
y en ese abandono
reencontré mi receta:
ser, simplemente ser,
sin cargar, sin correr.
Allí, a ciegas,
aprendí a renacer.