Cargaba en mis hombros cadenas pesadas,
el miedo decía “mejor quédate”,
promesas perdidas, verdades calladas,
yo ardía por dentro con sed de nacer.
El hierro temblaba al sentir mi latido,
golpe tras golpe, el silencio vencido,
mis manos sangraban, mi voz se encendía,
rompí los candados que ayer me oprimían.
El eco vibraba rompiendo mi herida,
la sombra corría temblando de mí,
mi canto se alzaba sembrando la vida,
la duda caía tan lejos de aquí.
La sala se abría con fuego y con calma,
mi verso corría buscando verdad,
mi sangre pintaba paisajes del alma,
mi grito tallaba la libertad.
Hoy no hay cadenas.
Ni barrotes oxidados.
Solo este pecho abierto,
y una voz que no pide permiso.
Cada palabra es un golpe,
cada silencio un respiro,
cada mirada en el público
una certeza de que soy libre.
Mi voz es la llave que abre mi pecho.