Nadie camina dueño de su credo,
las convicciones se quiebran en el instante,
pues somos arcilla en manos del encuentro,
moldeables ante el roce constante.
El amor florece en el terco más frío,
y el odio se esconde en el noble más puro,
cada palabra escuchada abre un río,
cada vínculo es destino oscuro o seguro.
No hay pasos neutrales en esta jornada,
la presencia deja marcas en la piel del alma,
y hasta la ausencia, con su voz callada,
levanta puentes… o desgarra la calma.
Somos reflejo de miradas ajenas,
ecos de voces que marcan senderos,
cargando en el pecho heridas y penas,
o luces sembradas en gestos sinceros.
Quien creía firme descubre fracturas,
quien juró ternura conoce rencor,
las almas se tornan dulces o duras
según la caricia, la herida o el error.
Así, caminamos sin rumbo preciso,
destino tejido en hilos de otro,
cambiando de rostro, cambiando de piso,
cada paso ajeno nos convierte en otro.
Y al final, lo que queda no es la victoria,
ni la meta escrita en piedra o acero,
sino el rastro invisible en nuestra memoria
de quien nos cambió sin quererlo o quererlo.