Presagio del desamor

Desde que cruzó la puerta,
supe que traía invierno.
No hizo falta que dijera
ni una sola vez “te quiero”.

La sentí en mi pecho antes
de rozar siquiera el viento,
como un eco que se expande
desde un centro ya desierto.

Su sonrisa era promesa
de dolor con buen diseño,
una trampa bien tejida
en papel de terciopelo.

Y aún así… toqué su fuego,
me envolví sin resistencia.
¿Quién le teme a la condena
cuando el juicio es la presencia?

Su voz tenía el sonido
de algo bello que se pierde,
como el canto de un suspiro
que se rinde y no muerde.

Vi los bordes de su alma,
y eran nubes con espinas.
Pero amarla fue mi calma
y mi herida más antigua.

Los relojes se paraban
cuando hablaba de su infancia,
y en su piel, la madrugada
tenía sabor a danza.

Nunca dijo que se quedaba,
pero yo creí su risa.
Me escondí tras la mirada
que parecía caricia.

Mis amigos me advertían,
mis insomnios lo sabían,
mis silencios lo gritaban,
pero su piel me vencía.

Yo quería amor eterno
y ella era una tormenta,
pero abrí puertas al viento
como si no doliera.

Y dolió.
Dios, cómo dolía.
No por lo que fue,
sino por lo que sabía.

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